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Madera de ACCOYA en una escultura de 750 kg y 22 piezas

El “Materoccon” es el una obra del gijonés Gonzalo García.

Gonzalo García ha diseñado una escultura de 750 kilos de peso formada por 22 piezas de madera de ACCOYA. Más de dos años de trabajo ha empleado el escultor gijonés en una obra encargada por unos coleccionistas de Madrid, con casa en Asturias.

Más que una escultura es casi una obra de ingeniería, un puzle gigantesco hecho de madera tallada, engarzado con acero inoxidable A4 (el que se emplea en los barcos), pegado con cola de poliruetano y sostenido sobre una base de hormigón que no será nunca visible para hacer crecer sobre ella el césped.

El “Materoccon”, que así se llama la obra, es el proyecto en el que el escultor Gonzalo García (Gijón, 1966) ha empleado los dos últimos años de su vida de manera casi exclusiva.

Es una locura maravillosa para cuya finalización el artista ha tenido que trasladar todas las piezas desde su taller en Gijón al antiguo llagar de su padre en Villaverde (Villaviciosa). La dificultad técnica es brutal; la propuesta artística, impresionante.

Pero vamos por partes. Gonzalo García, escultor conocido y reconocido, lleva años trabajando en obras figurativas en las que el protagonismo lo tienen los pies humanos. Unos coleccionistas de Madrid que ya atesoran obra suya vieron una foto de uno de sus pies y les gustó. Y surgió la idea de hacer uno para ellos, buscando la sensación de que sale de la tierra. Conviene aclarar que no se trata de un pie completo, sino de un antepié. Es decir, no hay talón, y sí la estructura de soporte de hormigón.

No es fácil ponerle palabras a la obra porque el pie no es una pieza única, sino que una vez instalada en la finca de los coleccionistas, ubicada en la zona central de Asturias, se advertirá esa unidad, pero al mismo tiempo, en la cercanía, se podrá ver que en realidad son 22 obras que podrían funcionar de forma individual. Es decir, son 22 esculturas que no se tocan, separadas dos centímetros cada una de ellas, las que componen el todo.

Llegar a esas piezas y a su engarce requirió muchos cálculos y trabajo. Para empezar, se utilizó una madera acetilada, tratada químicamente en Holanda, que está pensada para resistir en exteriores un mínimo de cincuenta años. ACCOYA es su nombre, y es una madera muy blanca. Cinco toneladas llegaron a Gijón desde Holanda y, tras el proceso de tallado, se han quedado en 750 kilos. Porque esa madera primeramente se dividió en 1.300 o 1.400 trozos que luego se fueron uniendo con una cola especial para ser tallados y formar las partes. Las 22 obras se anclan con una tornillería de acero A4, la única que se puede utilizar con este tipo de madera.

El sistema de unión es complejo porque la escultura es de un tamaño tan impresionante que tiene incluso una área interior a la que se pude acceder, entre otras razones porque durante la noche se ilumina y es necesario poder tener una entrada para proceder al cambio de bombillas.

Más de dos metros de anchura y profundidad completan las medidas de este “Materoccon”, un neologismo con el que el autor quiere hablar del origen latino de las palabras madera y materia y del “occo”, un tipo de azada que empleaban los romanos para hacer oquedades en el suelo. La “n” final es un homenaje a Gijón, la ciudad donde se hizo y donde el aumentativo es casi una religión. «Significa hueco de madera», resume el artista.

Con la obra finalizada, solo falta llevarla a su destino, a esa finca donde convivirá con otras esculturas. «Se desmontan absolutamente todas las piezas, esas 22 partes pesan entre 30 y 40 kilos cada una de ellas y se pueden mover sin problemas entre dos personas», anota el creador, que durante todo este tiempo solo han podido hacer otras dos obras de pequeño formato. «Es muy de agradecer la confianza de los coleccionistas durante todo este tiempo».

Artículo de M. F. ANTUÑA – EL COMERCIO