viernes , 15 de noviembre de 2019

El cambio climático incide en la ocurrencia de fuegos cada vez más virulentos y complejos en su gestión, extinción y prevención.


El cambio climático, la contaminación del aire, las plagas y enfermedades y los cambios en la distribución de la población y su relación con el territorio son un factor determinante en los incendios forestales cada vez más graves en nuestros bosques.

A todo ello debemos unirle el abandono de la actividad agrícola extensiva por falta de rentabilidad y de otros usos tradicionales del monte como la recogida de leña y el pastoreo que sin lugar a dudas condicionan de forma manifiesta la denostada realidad actual de las áreas rurales, sometidas a la falta de los cuidados mínimos necesarios y provoca una situación que se vuelve mucho más compleja y peligrosa. La presencia, cada vez más habitual, de olas de calor, junto con la baja humedad relativa del aire y la gran cantidad de vegetación que hay en nuestros bosques, pueden provocar incendios muy intensos y catástrofes de grandes dimensiones.

Es un grave error tratar el problema de los incendios forestales solamente bajo el punto de vista de la extinción. Tampoco es cuestión de establecer una disyuntiva entre prevención y extinción. Se trata de política forestal, de planificación y ejecución de proyectos, con inversiones continuadas e importantes en la gestión de los montes, lo cual implica, en unas ocasiones, mayor gasto en prevención y en otras mayor gasto en medios y profesionalización en extinción.

Los profesionales, que han sido preparados para gestionar los montes, bajo los principios de la sostenibilidad, saben que, en cualquier masa forestal en la que no se han aplicado los correspondientes tratamientos preventivos contra incendios y en la que existe una continuidad horizontal y vertical de la vegetación, cuando en ella se produce un incendio, éste puede avanzar de una forma brutal sin que podamos hacer demasiado para atajarlo. La mayoría de los incendios, una vez que no puedan ser controlados en su inicio, se convertirán, mientras no cambie la estructura de la vegetación, o milagrosamente las condiciones meteorológicas, en una lucha desigual entre la naturaleza y el hombre con todos sus medios, que muy probablemente tendrá un único y seguro vencedor: el fuego.

Es necesario invertir más en la prevención de nuestros bosques. Si conseguimos reducir el número de incendios, y esto es responsabilidad de todos, seremos más eficaces en la lucha contra el fuego con los medios de que disponemos. La extinción debe ser el último recurso. Por todo ello, reclamamos a las administraciones autonómicas que inviertan en mantener y proteger su patrimonio natural o lo que es lo mismo, que inviertan en gestión forestal.

Y no debemos olvidar, afirman desde el Ilustre Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales y Graduados en Ingeniería Forestal y Medio Natural, que el verdadero drama ecológico, económico y social comienza después del incendio. La noticia no debe ser sólo el suceso del incendio, sino que debe procurarse una información que se centre, además, en el proceso: causas y consecuencias. La auténtica catástrofe suele venir después del incendio de grandes proporciones puesto que una inadecuada planificación y ejecución de los trabajos de recuperación incrementa el desastre ecológico, social y económico que originan los incendios.

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