Tomás Rubio, Presidente de FEIM: «Saldremos de la crisis cuando se reactive el mercado inmobiliario»

Desde principios de 2007, y por tanto antes del estallido de la burbuja inmobiliaria, el Presidente de FEIM preveía y advertía en diversas reuniones y publicaciones a sus colegas del sector sobre la magnitud de la crisis que se avecinaba.

«No sólo se han cumplido mis más negativas previsiones sino que, lamentablemente, incluso se han sobrepasado – comenta Tomás Rubio-. Urge que se normalice el mercado inmobiliario, para lo que es imprescindible que, entre otras cosas, se produzca el ajuste del precio de la vivienda a las posibilidades reales de compra existentes.»

En la siguiente entrevista, Tomás Rubio Fernández, gerente de Barnizados y Montajes Villacañas, S.A. (BARMOVI), quien es también Presidente de la Federación Española de Industrias de la Madera (FEIM) y de la Asociación de Carpintería Industrializada de Madera (ASCIMA) y Vicepresidente del Comité Ejecutivo de la Confederación Española de Empresarios de la Madera (CONFEMADERA), hace un profundo análisis de la situación actual del sector de la carpintería industrializada de madera y las perspectivas de futuro.

«Aunque avancemos en la modernización de las empresas, la exportación de sus productos y en la actividad de la rehabilitación, en España sólo se generará empleo en las cantidades suficientes como para poder decir que estamos saliendo de la crisis, cuando se reactive el mercado inmobiliario.»

 

¿Qué es exactamente lo que ha ocurrido?

 

La burbuja inmobiliaria explotó, cómo era de esperar. Se denomina burbuja a una situación que se produce cuando, por razones que, al analizarlas a posteriori, se califican como incomprensibles, se producen revalorizaciones desmesuradas de un activo. En el caso de España, ése activo era la vivienda.
En trece años (de 1995 a 2007) el precio medio de la vivienda en España prácticamente se triplicó. La explicación de lo ocurrido es que, en gran parte, muchas de las decisiones de compra eran, puramente especulativas y se basaban en dogmas falsos: «el ladrillo nunca baja», «los pisos y los solares siempre se revalorizan», etc. Esto, creído por mucha gente y favorecido por un largo período con tipos de interés muy bajos, negativos en la práctica, y unido a unas facilidades excesivas de crédito, propició un nivel de endeudamiento en empresas y particulares fuera de toda lógica, prudencia y sentido común, lo que desembocó en que muchísimas personas, sin necesitarlo, desearan tener otro chalet, piso en la ciudad o apartamento en la playa, dando por hecho que su continua revalorización les garantizaría el porvenir. Quien no compraba, era considerado tonto, porque a los pocos meses el comprador, en muchos casos endeudado de por vida, ya se había ganado, teóricamente, un considerable porcentaje sobre la inversión realizada. Algo que, lógicamente, sólo podía materializarse si efectuase la venta de su activo a ese nuevo precio y en ese preciso momento.
Las tasaciones se basaban en precios de mercado, imposibles de justificar objetiva y razonablemente, lo que unido a las continuas revalorizaciones de los precios que se producían, justificaban la concesión del crédito solicitado por parte de compradores que, en circunstancias normales, se habrían considerado técnicamente insolventes, porque, en realidad, carecían de capacidad real de pago, salvo que sus salarios crecieran también fuertemente y mantuviesen el empleo.

Como las entidades financieras no disponían de suficiente ahorro nacional para cubrir la demanda de crédito, bancos y cajas se dedicaron a financiar esta desmesura, endeudándose en los mercados internacionales de capital, también a tipos bajos. A la hora de recuperar el dinero prestado, las entidades financieras se han encontrado con que muchos miles de compradores particulares, así como cientos de constructoras y promotoras, no pueden pagar sus créditos.

Debe recordarse que en el momento álgido de la burbuja, años 2005, 2006 y 2007, se iniciaron y construyeron en España anualmente más viviendas que entre Alemania, Italia y Francia juntas…!

 

¿Cómo ha afectado este fenómeno al sector de la carpintería?

 

Nuestro sector destinaba un 75% de su producción al equipamiento de obra de vivienda nueva, por lo que tras el estallido de la burbuja inmobiliaria ha sido, sin duda, uno de los más afectados por la crisis que padecemos.

Decidido y siempre dispuesto a atender la demanda, nuestro sector creció también enormemente. Asistimos a la creación de nuevas empresas, así como a la ampliación de instalaciones y líneas de producción de algunas de las ya existentes, llegando en algunos casos a contratar dobles y hasta triples turnos de trabajo, de tal manera que fuimos capaces de atender el enorme incremento de la demanda de puertas, ventanas, parquet, etc., sin necesitar recurrir a fabricantes del exterior para poder atenderlo. En la cresta de la ola, se llegaron a iniciar en España la escalofriante cifra de más de más de 900.000 viviendas anuales, es decir, casi el triple de lo razonablemente necesario.

 

¿Cuándo percibió el empresario el vuelco de su mercado?

 

En septiembre de 2007 se produce el estallido de la burbuja y comienza a desplomarse el número de viviendas iniciadas anualmente, desde las más de 900.000 mencionadas anteriormente a las menos de 100.000 con las que se termina el pasado año 2010, lo que provocó en nuestro sector una abrumadora sobrecapacidad de producción instalada. El inevitable y traumático ajuste no afectó inicialmente por igual a todas las empresas ya que, como siempre ha ocurrido en nuestro sector, por ser éste un mal endémico que padecemos, esa enorme demanda no sirvió para rentabilizar las empresas y adecuar los precios de nuestros fabricados, al menos, a los costes crecientes que se iban sucediendo en todos los factores de producción. Ante ésa situación algunas empresas, las menos, optaron por aumentos de tamaño controlados y en algunos casos, incluso financiados con fondos propios, otras optaron por crecimientos de tamaño desmedidos que les obligaron a aplicar una política de precios sencillamente suicida, motivada en intentar cubrir mediante incesantes incrementos en su volumen de facturación, pero con mínimos márgenes comerciales, los pagos de las amortizaciones de los créditos utilizados en financiar las desmedidas inversiones realizadas, lo que les obligaba a su vez a realizar los correspondientes aumentos de sus plantillas, para así poder atender el fuerte incremento del volumen de producción que sus políticas de bajos precios generaban, entrando así en una espiral incontrolable, que sólo podía mantenerse en el tiempo, mientras se mantuvieran constantes incrementos de producción, algo evidentemente imposible y que al producirse el estallido de la burbuja, acabó bruscamente, de la forma que todos conocemos.

 

¿Cuál es el escenario que queda, por tanto, a los industriales de la carpintería?

 

Hoy sobra el 65% de la capacidad de producción instalada para la fabricación de elementos de carpintería de madera para la construcción. La incesante reducción de plantillas es un hecho. Pero la realidad en el sector es que, al día de hoy, siguen sobrando fábricas y sigue faltando trabajo para los empleados que aún quedan en nuestras empresas. En la actualidad, se están iniciando anualmente menos de la mitad de las viviendas de las que se iniciaban ¡en 1960!. En aquellos años no existía ninguna instalación industrial, comparable a las fábricas para la producción en serie que conocemos hoy y eran los talleres de carpintería con los medios técnicos disponibles entonces, los que atendían sin demasiados agobios la demanda de elementos de carpintería que originaba la construcción de viviendas. Hoy contamos con muchas grandes plantas de producción de puertas, suelos, cerramientos…, para atender las necesidades de menos de la mitad de las viviendas que se iniciaban a principios de los años sesenta. El escenario es desolador, un auténtico desastre.

 

¿Saldrán adelante la mayoría de las empresas fabricantes y las grandes instaladoras, distribuidoras y comercializadoras de carpintería de madera?

 

La lógica é inevitable regulación de las plantillas, que ha forzado la situación antes descrita, ha tropezado con la enorme rigidez de nuestra anticuada y desfasada legislación laboral, lo que ha contribuido en gran manera a provocar el cierre de muchas empresas que, con otras condiciones, podrían haberse adaptado a la situación y en algunos casos no habrían desaparecido.

Hemos generado varios miles de desempleados, con un coste multimillonario en indemnizaciones por despido y muchas, demasiadas empresas, descapitalizadas ó incluso arruinadas, entre otras causas, por el coste de los despidos realizados.

Incluso hoy vemos empresas que, aunque no se excedieron en dimensión industrial ni en plantilla y practicaron una política de inversiones prudente, incluso de nulo endeudamiento, ante una caída de la demanda tan brutal no logran alcanzar el volumen necesario de producción para ir cubriendo, ni de lejos, sus costos fijos, lo que conlleva enormes pérdidas que difícilmente se podrán soportar durante mucho más tiempo.

 

¿Y ahora qué hacemos? ¿Qué va a pasar?

 

La economía española está muy débil, prácticamente estancada. Iniciar una senda de crecimiento que sea capaz de generar empleo en cantidades significativas sólo será posible cuando, entre otros, se vuelva a reactivar el mercado de la construcción, se recupere la confianza y se restablezca el crédito.
Por supuesto nadie está pensando en volver a iniciar 900.000 viviendas al año. El mercado ha de estabilizarse en su tamaño lógico, en torno a las 300/350.000 viviendas anuales.

 

¿Qué hace falta para llegar ahí?

 

Lo primero, vender la mayor parte de las viviendas que hay en stock, así como las que se han tenido que adjudicar las entidades financieras. La recuperación depende de que se normalice ese stock en cifras que permitan el progresivo reinicio de la actividad constructora hasta alcanzar cantidades razonables para nuestro país, del orden de 300/350.000 viviendas anuales. Y la velocidad de ésa normalización va a depender, muy principalmente, de que se ajusten los precios de la vivienda a la realidad económica en que vivimos, además de que se restablezca el crédito para financiar su compra.

Si los precios no experimentan un reajuste a la baja, que en término medio y según la situación y características de los inmuebles, se podría evaluar entre un 30% y un 50% de los precios máximos alcanzados en 2007, ni el posible comprador va a comprar, porque entiende que, lo que antes le podía hasta parecer barato y pensaba que siempre se podría revalorizar, está claramente sobrevalorado, ni la entidad financiera va a financiar la compra, al intuir que, si tiene que adjudicarse el inmueble por falta de pago, es más que probable que no logre recuperar el importe prestado. Por tanto, de no producirse ese necesario reajuste en los precios, la situación se puede enquistar y durar mucho más tiempo del deseable, lo que nos conduciría a reeditar situaciones como la ya vivida en Japón con su tristemente famosa «década perdida».

Entretanto, va a ser muy difícil que, con los niveles de paro existentes, los salarios puedan subir a corto plazo mucho más que la inflación, por lo que si se siguen pretendiendo precios de venta en los que, aunque la vivienda se financiase a 40 años y con un tipo de interés del 2/3%, la cuota a pagar suponga el 60% ó más de un sueldo medio actual, está muy claro que esos precios, son sencillamente inasumibles para una mayoría de los posibles interesados en su compra, lo que nos indica nítidamente, que para no volver a repetir los errores pasados y mantener en el tiempo una actividad sostenida en el sector, las nuevas viviendas que se construyan deben tener, en su mayor parte, un precio que se adecúe a los ingresos medios de sus posibles compradores.
Lo que resulta verdaderamente increíble es que, pasados más de tres años del estallido de la burbuja, estemos hablando de una reducción de precios media de alrededor de un 15%. En Estados Unidos esa reducción media ha sido del 30/40%, lo que ya ha motivado el inicio de la reactivación del sector.
Por otra parte, no debemos olvidar que las viviendas hay que venderlas donde están situadas… no se pueden exportar, ni mover de su emplazamiento y muchas están construidas en sitios de muy difícil venta.

 

Así las cosas, ¿cuál es el futuro del sector de la carpintería industrializada de madera?

 

La situación de nuestro sector, hoy claramente sobredimensionado, conllevará que durante los próximos 4/5 años se produzcan en el mismo grandes transformaciones, como las siguientes:

La mayoría de las empresas que logren sobrevivir serán, en general, mucho más pequeñas de lo que hasta ahora hemos conocido, sobre todo en dimensión de sus plantillas ya que, como ocurre en otros sectores industriales consolidados, están apareciendo cada día más empresas auxiliares para proveer de componentes intermedios a la empresa final.

Se producirá una especialización de cada empresa en sus fabricados, por diseño, gama de producto, acabados especiales, seguridad, etc.
En la exportación está todo por hacer, aunque, a corto plazo, tampoco será la solución mágica para colocar nuestra sobrecapacidad de producción, como lo demuestra el hecho de que, empresas que proclamaban su capacidad de exportar sus productos en porcentajes superiores a la media del sector, están atravesando importantes dificultades, tanto y más graves que el resto, lo que demuestra su prácticamente nula capacidad de reacción ante el hundimiento del mercado nacional, evidenciando que, en realidad, éste era en el fondo, el auténtico motor de sus ventas, y no su capacidad exportadora.

La verdad es que en el mercado exterior, pueden encajar o no nuestros productos, bien por su aspecto exterior o por los materiales empleados en su fabricación. Además no conviene olvidar que si un producto se vende pero, como es nuestro caso, hasta hoy, carece de patentes que amparen su proceso de fabricación, puede ser fácilmente imitado por la competencia, cómo ya está ocurriendo. Además, no debemos obviar que en nuestros costos de fabricación, la mano de obra, que es uno de los más relevantes, es más cara que la de nuestros competidores de gama baja, la más vendida con diferencia en los mercados hoy en expansión, por lo que nuestras posibilidades reales de éxito están en los productos de precio medio y alto, lo que nos obliga a incorporar a los mismos el mayor valor añadido posible, mediante diseños industriales diferenciados, pero, bien entendido, que no sólo en cuanto al mero aspecto exterior, fácilmente imitable, sino en cuanto al diseño estructural que dote a nuestros fabricados de características técnicas únicas y diferenciadoras frente a la competencia. Por todo lo anterior, creo que la batalla de la exportación en lo referente a productos de gama baja está, en nuestro caso, perdida de antemano.

 

Entonces, si la exportación va para largo ¿cómo reactivar el mercado interior?

 

Visto lo anterior y no siendo razonable que se construyan a corto plazo viviendas nuevas en cantidad suficiente como para normalizar la situación, la alternativa más inmediata para el sector es, en la actualidad la rehabilitación de viviendas, hoteles, residencias, etc. Ya que, en cuanto a la rehabilitación de viviendas ¿Dónde puede alguien invertir mejor que en su propia casa?… en su comodidad, en su seguridad, en ahorro energético o modernizando la decoración… El sector necesita que, el consumidor perciba un verdadero apoyo fiscal mediante un IVA reducido y una desgravación fiscal en el IRPF nítidas y sin las limitaciones actuales, que consideren ése costo cómo inversión y no cómo gasto, para así animarle a acometer cualquier tipo de reforma en su hogar; todo ello incentivado por una campaña de promoción a nivel institucional y ayudado por líneas de financiación al efecto, lo que, de realizarse, sin duda conllevaría una importante creación de empleo.

Obviamente, el escenario ideal es que, además, el mercado interior de vivienda nueva, se normalizase cuanto antes. Si la reforma actual de las entidades financieras, logra que se restablezca el crédito, será un paso decisivo para iniciar la recuperación del sector, pero no debemos engañarnos, ya que se requerirán un mínimo de 4/5 años para, gradualmente alcanzar la normalización deseada, todo ello contando con que se actuase pronto y bien.

 

¿Cuándo veremos la luz en nuestro sector?

 

Aunque algunos piensen que lo peor de la crisis en nuestro sector ya está visto, no será hasta el último trimestre de este año cuando la actividad toque fondo. Al día de hoy, las previsiones más realistas son que al final de este año el número de viviendas iniciadas y el de viviendas terminadas se iguale en el entorno de las 100.000.

Por tanto, reitero, que aunque algunos crean que ya hemos visto lo peor de la crisis, la mínima actividad de nuestro sector se verá a partir del último trimestre del presente año 2011.

Sería conveniente no olvidar que en 2010 todavía se acabaron alrededor 350.000 viviendas, y en 2009 alrededor de 450.000 es decir muchísimas más de las que se iniciaron en esos años, ya que se siguieron acabando viviendas iniciadas anteriormente, lo que ha ayudado a mantener la escasa actividad que hemos registrado.

 

¿Cuánto tiempo vamos a estar en el fondo?

 

Indudablemente nuestro sector comenzará a despegar cuando lo haga la economía del país.

Mi opinión es que, sin duda, saldremos de esta crisis, y además con muy valiosas lecciones aprendidas, aunque recuperar los niveles vividos recientemente nos llevará muchos años. La permanencia en el fondo y el inicio del despegue van a depender en nuestro sector, principalmente de nosotros mismos, fundamentalmente adecuando nuestras empresas a la situación económica que vivimos, y la del país de la rapidez con que por parte del gobierno de turno se realicen de una vez y sin más pérdida de tiempo las reformas estructurales y legislativas necesarias, sin las cuales no será posible recuperar la pérdida de competitividad que padecemos, lo que resulta imprescindible para recuperar la confianza, lo que es fundamental para poder iniciar la salida de la crisis.