por

El castañar de Apellániz es el mayor y mejor conservado del País Vasco

Cada año, a mediados de octubre, acoge la Fiesta de la Castaña.

El castañar de Apellániz, con 13 hectáreas es el mayor y mejor conservado de Euskadi con gran diferencia. Se sitúa en el interior del Parque Natural de Izki, declarado en 1998. Izki forma parte demás de la Red Natura 2000, como ZEC y ZEPA. Este bosque se encuentra catalogado como “Zona de especial Protección”, por considerarlo un área de interés de conservación, paisajística y cultural. La normativa del Parque Natural insta al órgano gestor, la Diputación Foral de Álava a promover activamente la conservación de los viejos castañares a largo plazo, labor que comenzó hace años con la ayuda de la Red de Semillas de Euskadi, y cuyo testigo han recogido los vecinos y vecinas de Apellániz.

Cada año, a mediados de octubre, Apellániz organiza la Fiesta de la castaña. Se trata de un evento donde recoger y degustar castañas, y conocer el entorno y los proyectos de conservación y recuperación que se están desarrollando allí. Destaca la visita a la finca “Atxurdina”, una parcela pública de 2 hectáreas donde se están ensayando técnicas de injertado, nuevas plantaciones, poda y retrasmocheo de castaños. Es un lugar de donde se combinan acciones de formación.

En 2024 desarrollaron una guía práctica para resumir los trabajos realizados en Apellaniz y que sirva de inspiración para crear proyectos similares en torno a los castaños y la importancia socio-cultural que tienen en nuestro entorno.

Enclavado en el Parque Natural de Izki, corazón y pulmones de Montaña Alavesa, se encuentra Apellániz. En sus 1.500 hectáreas de monte destacan los robledales, hayedos y brezales. Pero si hay un árbol carismático y querido por sus habitantes, es el castaño. Con 13 hectáreas en las que viven 1.100 castaños diseminados en una franja que delimita al pueblo por su parte occidental, lo arropan protegiéndolo del viento y ofreciéndole su sombra y cobijo. Términos como Atxurdina, Ilarra, Gaceo, Santira, Sarba, Iturgaiztu guardan a estos ejemplares.

Es especialmente en otoño, cuando estos parajes nos ofrecen sus mejores galas. Una paleta de colores ocres que arrancan desde los verdes, seguidos de amarillos, naranjas, rojos para llegar a los marrones. Una explosión de tonalidades que embriagan la vista del observador que mira en silencio. No es posible olvidarse del manjar culinario que nos ofrecen las castañas asadas, cuyos aromas nos transportan a nuestra más tierna niñez evocando sensaciones y recuerdos difíciles de describir con palabras, pero siempre agradables y con cierta añoranza.

Castañas que no solo son aprovechadas por el ser humano. Una multitud de seres esperan este momento para proveerse de energías cara al invierno: vacas, yeguas, jabalíes, corzos, tejones (tasugo), ardillas, lirones caretos (mitxarro), ratones, pueden verse adquiriendo dicho regalo. Comiéndolo, como es el caso de los bóvidos, équidos, suidos y cérvidos. Guardándolo en sus despensas en el caso de los roe – dores. Acompañados por los diferentes pájaros carpinteros que se afanan en buscar larvas de insectos entre las cortezas de los troncos más maduros.

HISTORIA, LEYENDA Y CURIOSIDADES

Se tiene constancia de plantaciones de castaños realizadas en Apellániz en 1762 y en 1848, esta última, de planta procedente de un vivero de Oñati (Gipuzkoa). Aunque gran parte de los castaños tienen un porte adecuado para árboles de 175 a 260 años, algunos de ellos, los más cercanos al pueblo, son realmente excepcionales en tamaño y seguramente tengan en sus raíces unos cuantos centenares de años más. Abundan los pies de 5, 6 y 7 metros de perímetro y algunos de más de 8 metros.

Las plantaciones de castaños se promovieron en su día por la Diputación Foral de Álava como complemento para los pueblos en los duros inviernos alaveses. El terreno lo cedió el concejo de Apellániz para la plantación, es decir, es público. Los árboles sin embargo son privados. Cada vecino y vecina conoce su árbol y se heredan generación tras generación. En su día, un guarda contratado por el pueblo cuidaba de que sólo las familias propietarias pudieran aprovechar la cosecha. Cada hogar recogía únicamente sus castañas, siempre antes del 1 de noviembre, momento en el que cualquier persona podía entrar en el monte a recoger las sobras. El ganado, que se introducía más tarde, daba cuenta de las castañas de menor calidad.